lunes, 9 de enero de 2012


UNO Y EL CAMBIO

Ese estilo escandaloso y solitario inexorable lo acompañaba hasta en sus sueños. Cada mañana se levantaba y su primer acto era mirarse en el espejo, en la noche se había invadido de insomnio por pensar en cambiar. Permanecía una largo tiempo contemplando su figura reflejada y volvía a ser él mismo, un hombre de cara tétrica, una única nube en el cielo buscándose unir a las demás. Los lentes en su rostro no le sugerían agrado,  los enormes vidrios absorbían reflejando cualquier figura que se encontrase expuesta . La casa estaba en penumbra total, así lo prefería, nada mal para un hombre solo. De vez en cuando levantaba la cortina espiando por la ventana para sentir compañía y nuevamente volvía esconderse. El entorno de su casa no le dejaba opinar si lo hacia debía responder a determinadas pautas. De lo contrario seria fastidiado por todos los objetos. Su libertad de platica era  en su interior a veces se hacia aburrido y permanecía en silencio, en consecuencia que los objetos poseían  una especie de intuición y empezaban a mirarlo de mala manera. La radio se parecía al entorno de la casa,  por eso se encontraba siempre apagada. Las fotos colgadas en las paredes siempre estaban apagadas, la escasez de luz le impedía una buena visualidad.
Una mañana decidido a acabar con todo tomo sus cosas y temerario abrió la puerta para exiliarse. Preparo todo lo que debía preparar como cuando alguien emprende algo nuevo. Camino con sus bolsos por la calles, la cabeza mirando al suelo y los pelos estrepitosos en un desorden. Los cables se extendían a lo largo en etapas cíclicas donde tenia como punto los palos de madera, algunos vencidos por el tiempo. La salida improvista de su casa no le sugirió una grata vestimenta y además había olvidado sus lentes de lectura en la mesa de luz junto con una novela policial. La gente transitaba como los subtes bajo la corteza, grandes ruidos y extraños, se deslizaban en las arquitecturas descuidadas con un aroma desagradable. El sol aparecía y desaparecida por momentos mientras sus ojos se cerraban, inmediatamente se volvían a abrir recuperando su fuerza. Compro el diario como solía hacerlo de costumbre y se dirigió a la plaza en donde un banco lo esperaba solitario con un silbido monótono a causa del viento. En aquella plaza había flores y estatuas de próceres locales y nacionales. Debajo de cada uno de ellos una plaqueta de bronce con  escasa información cubría la de base blanca. Abrió el diario con espontaneidad y se sumergió en la lectura algo forzada por la ausencia de sus lentes. Como siempre cruzo sus piernas y reposo por varios minutos, a su alrededor todo seguía en marcha, incluso, los subtes de ruidos hoscos. Se sentía extraño viéndose obligado a abandonar la lectura, pestaño de repente  y dos gotas salieron de sus ojos estallando contra el suelo áspero. Llevo unas de sus manos a unos de ellos y lo refregó cariñosamente, un dolor interno lo ponía incomodo. Miro su entorno algunas personas caminaban alrededor de la plaza y otras contemplaban las flores de los canteros. El cielo se había despejado, solamente habían algunas nimias nubes dispersas. Los negocios estaban invadidos y las calles intransitables. Dos mujeres habían pasado con vestimenta de oficina y una de ella lo observo notando su rostro pensativo. Su mirada sesgada y su mano tocando su frente. Algunas hojas empezaban a caer a su alrededor. La casa solitaria y él exiliado le causaba incomodidad. Los bolsos cargados con cierres forzados permanecían intactos. Esa sensación rara, penumbra, soledad y las miradas de los objetos habían forzado que un hombre se marcharse. Tomar sus cosas e irse caminando. La mirada de los vecinos aun seguían penetradas en él, en su rememoración, cuando había salido por la calle. La compañía de un perro solamente, unas cuadras y la imagen de su barrio quedaban remolineando en su cabeza. No quería mirarse mas al espejo para darle mas vida a ese sujeto extraño reflejado en un vidrio manchado. Siempre había tenido alguna especie de superstición acerca de los espejos, el solo hecho de reflejar era enigmático. Saco la llave de su bolsillo y la observo detalladamente. Tenia un color oro desgastado con curvas que se introducían en el interior de la cerradura para abrir la enorme puerta, para entrar en ese mundo de nausea. Si volvía seria ese mismo de antes con un tiempo limitado para la felicidad, que cada día perdía mas, encerrado viendo el mundo escapar y la alegría llorar. Las plantas empezaban a quererse, el vientos las unía acariciándolas. Infinitos pelos de su cabellos se movían, pero el corte de siempre se mantenía en forma.  Saco su agenda del bolsillo de su saco junto a una pequeña lapicera y anoto algunos de sus pensamientos, los mas significativos. Decido regresar. Se levanto cerca del mediodía, el diario había quedado en el banco, algunas paginas empezaban a volar y las letras de tinta, mojándose se confundía con una enorme mancha. Los bolsos parecían menos pesados y los ojos no lagrimeaban. La gente desaparecía como un anciano alejándose sobre una avenida silenciosa. Tomo la calle que lo llevaría directamente a su casa. Sus vecinos almorzaban y esperaban la siesta. El calor había aumentado y su saco le molestaba. Cuando vio su casa empezó a sentirse diferente, no extraño como antes le sucedía. Los pasos  mas lento se hacia a medida que se acercaba a la puerta. Suspiraba. Observo nuevamente las llave y sus curvas habían desaparecido. La introdujo sobre la puerta mientras sus ojos permanecían cerrados negándose a la realidad impura. Empujo lentamente el picaporte hasta que se abrió la puerta por completa, de par en par. Entro pisando con su pie izquierdo y noto que los objetos permanecían silenciosos, ya no lo observaban. Se dirigió rápidamente hacia el baño y el espejo se había roto, ningún individuo extraño volvería a nacer en él.


Bernabé De Vinsenci.

No hay comentarios: