RETORNAR, ASIMILAR Y
ENRENTAR.
Despedirse...
Que sentencia más horrenda. Y lo más sobresaliente de lo horrendo es el último
palparse, sea un beso, o una caricia y encaminarse a una predio, no importa
cual, en donde ya no se vea a el sujeto que se ha despedido. Un tanto hosca se
hace la estabilidad sobre la certeza de
la imagen mental clavada en cabeza, todo
queda como una escenografía de la mirada
risueña y las manos en los bolsillos, sin un quehacer. Sin ningún quehacer que
genera culpabilidad.
Lentamente
los cuerpos toman distancia y el bulto incasable y las paredes revestidas de
una cal insignificante, aturden todo lo que luego pueda suceder.
Retiro,
galpón, suciedad, idas y vueltas, gentes y colectivos. Ahí es el lugar que
llegué sin exactitud cerca de las doce del mediodía. Después de colocarme en cualquier
asiento sin mirar el que indicaba el boleto. ¿No me permitís el asiento? Me
desperté, saque el bolso, lo calce sobre mis piernas y seguí durmiendo, más
incomodo que antes. Cómo a las dos horas, en el ínterin de paradas y subidas,
escuche balbuceos ¡Ese es mi asiento! ¡Sí, pero el flaco está durmiendo! ¡Bueno
cuando se despierte le digo! Nunca me iba a despertar, insinué dormir, y deje
que optaran por cualquier asiento. Siempre algunos se mantenían vacíos.
¡Retiro!
Dijo el chofer al llegar, el mismo que me indico “Dentro de seis minutos
salimos”
Venía
caminado con el bolso, y un libro en la mano en el medio de la ciudad- Claro, pensara
el lector “Vos escribís, tratas de hacerlo por qué de letrado no tenés ni las
manos y nombras: “Venía con un libro en la mano”
Como
siempre mis intrigas son los libros, y hubo cabida a un puesto de revista en
que se situaban dos o tres tapas capitales de las habituales. Esos clásicos que
no dan ganar de leer la contratapa.
¿Te
hago precio por estos dos? me dijo el empleado. No, lo leí al otro quiero el
del Peronismo. Libro que me llevaría a no pensar en la llegada.
Al
salir de la posición oblicua y casi agachada en la que me encontraba observando,
con mi trasero le impedí el paso a una señora-Disculpe-¡Ah!!Exclamo ella con un
tono de aire extranjero.
¿Cuántos
nos sentimos extranjeros en nuestro país? Seguramente más de lo que los
habitamos. Pero no es una sensación nefasta u occidental, si no que los
espacios desconocidos nos dejan perplejos y muchas veces nos hacen descreer que
son parte de nuestro territorio Nacional.
Las
ventanillas en las que venden los pasajes, el vendedor esta cubierto por un nailon
de espejo y no se le puede ver y oír nada, a mí no ha hecho más que generarme que el que atiende es una
criatura. ¡Un boleto, por favor! y sale a la mano con el papel antes de haber
entregado el dinero suficiente.
Me
senté, el segundo y último colectivo para llegar. Lo único que recuerdo es
haber parado en el costado de la ruta por que unos de los pasajeros debía
hablar con dos policías. A las dos tenía que ir al banco y paranoico me sostuve
todo el camino para no concretar nada de lo que presuponía finalmente.
¿Vas
para la calle San Martín? No. Emprendí mi marcha caminando perdiendo los
minutos. En mi mano sostenía el libro
De
“Peter Waldmann” acerca del Peronismo. Realice unas siete u ocho cuadras. Sin
estupor de mis ojos salieron algunas lágrimas. No sé si fue por el viento que
hacía en la ciudad o la consecuencia del despido.
El despido no es nada más
ni nada menos que metafísico. Una sensación etérea de pérdida. Y si no fuera
así habría que darle una revisión al encuentro, por lo que se tendrá la
viceversa sensación de la que se tiene en el despido.
Bernabé De Vinsenci.
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