Anoche Scabuzzo no
soñó, dio dos volteretas en la cama y siguió roncando, insinuando que dormía.
Se rasco el pene y olió su mano. Tomo el vaso que reposaba en la mesa de luz y
puso la almohada en su cabeza pensando que era la panza de su ex-novia. Afuera
un perrito ladraba, el travestí conversaba con la empleada del shopping y la luz de las calles hablaban por el sol.
En su cuerpo tenía ciertas sensaciones anormales, cuando venía del trabajo la
otra tarde fumo un cigarro que había pedido, el único del día, y al oír un
ruido justo en la primera pitada pensó que podría ser un conflicto de armas,
una ocurrencia bastante torpe y vana, el ruido producido era a causa de una
goma pinchada.
Lo cierto es que se levanto con el cuerpo desnudo y ornamentado
de su delgadez, eran tan desequilibradas sus formas que no se veía en el espejo
por más de dos segundos, y ni mencionar
cuando su abuela lo halagaba, sonrojaba hasta huir con cualquier excusa. No todos
sufren insomnio, que nadie lo crea, el insomnio esta preestablecido, él tiene
certeza de quienes son lo que sufrirán.
Uno no sabe qué hacer al desvelarse, si intentar dormir nuevamente, o tirarse
de un precipicio, algunos toman
pastillas y obligan a la esencia del sueño dormir al sujeto. Sin embargo
Scabuzzo no tomaba pastillas, las dos veces que tuvo relaciones sexuales se
privo de usar preservativo y decía con su voz de tero desesperado: “Todo debe
darse naturalmente” refregándose hasta darle erección a su pene, un incrédulo total,
a quien le interesa eso, si todos lo somos, hasta Dios que nunca quiso
mostrarse, el fundo la cobardía.
Lleno de incertidumbres trato de acomodarse un poco de la
situación, no era demasiada drástica, si lo suficientemente incomoda para
alguien que madruga. Camino sin rumbo por la habitación, la recorrió de pared a
pared sin dejar nada por pisar. Quiso ir hacia la concina de pronto, tomo el
picaporte frio y de inmediato y desprovistamente noto que no había otro lugar,
que todo terminaba allí. Un plano blanco y mucho viento se le presento del otro
lado del marco de la puerta, abajo un suelo rojizo con amarillo y negro en su
contorno y el monótono silencio. Pensó en el apocalipsis de los evangelistas,
por lo tanto rezo y rezo, y ninguna plegaria se acordó, ya se creía una víctima
del infierno, un condenado eterno. Yo supuse eso también, y me creí uno más, no
recé, todo lo contrario traté de conseguir agua para apagar el infierno.
Después me di cuenta que Scabuzzo no era
más que un inerme de pensamientos, que sólo estaba soñando y lo más deplorable
es que pensaba estar despierto.
Bernabé
De Vinsenci
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