miércoles, 24 de octubre de 2012



Anoche  Scabuzzo no soñó, dio dos volteretas en la cama y siguió roncando, insinuando que dormía. Se rasco el pene y olió su mano. Tomo el vaso que reposaba en la mesa de luz y puso la almohada en su cabeza pensando que era la panza de su ex-novia. Afuera un perrito ladraba, el travestí conversaba con la empleada del shopping  y la luz de las calles hablaban por el sol. En su cuerpo tenía ciertas sensaciones anormales, cuando venía del trabajo la otra tarde fumo un cigarro que había pedido, el único del día, y al oír un ruido justo en la primera pitada pensó que podría ser un conflicto de armas, una ocurrencia bastante torpe y vana, el ruido producido era a causa de una goma pinchada.
Lo cierto es que se levanto con el cuerpo desnudo y ornamentado de su delgadez, eran tan desequilibradas sus formas que no se veía en el espejo por más de dos segundos, y  ni mencionar cuando su abuela lo halagaba, sonrojaba hasta huir con cualquier excusa. No todos sufren insomnio, que nadie lo crea, el insomnio esta preestablecido, él tiene certeza de  quienes son lo que sufrirán. Uno no sabe qué hacer al desvelarse, si intentar dormir nuevamente, o tirarse de un precipicio, algunos toman  pastillas y obligan a la esencia del sueño dormir al sujeto. Sin embargo Scabuzzo no tomaba pastillas, las dos veces que tuvo relaciones sexuales se privo de usar preservativo y decía con su voz de tero desesperado: “Todo debe darse naturalmente”  refregándose  hasta darle erección a su pene, un incrédulo total, a quien le interesa eso, si todos lo somos, hasta Dios que nunca quiso mostrarse, el fundo la cobardía.
Lleno de incertidumbres trato de acomodarse un poco de la situación, no era demasiada drástica, si lo suficientemente incomoda para alguien que madruga. Camino sin rumbo por la habitación, la recorrió de pared a pared sin dejar nada por pisar. Quiso ir hacia la concina de pronto, tomo el picaporte frio y de inmediato y desprovistamente noto que no había otro lugar, que todo terminaba allí. Un plano blanco y mucho viento se le presento del otro lado del marco de la puerta, abajo un suelo rojizo con amarillo y negro en su contorno y el monótono silencio. Pensó en el apocalipsis de los evangelistas, por lo tanto rezo y rezo, y ninguna plegaria se acordó, ya se creía una víctima del infierno, un condenado eterno. Yo supuse eso también, y me creí uno más, no recé, todo lo contrario traté de conseguir agua para apagar el infierno. Después me di cuenta que  Scabuzzo no era más que un inerme de pensamientos, que sólo estaba soñando y lo más deplorable es que pensaba estar despierto.


Bernabé De Vinsenci 

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