El muro adquiría la
suficiente firmeza como para ser demolido con un cuerpo humano, al menos a
través de una idea práctica dentro de
la mente se podría ejercer tal deseo, quedando todo en un plano irreal y al mismo tiempo apacible. El descubierto de
los ladrillos iniciaba la sospecha en
Uriette de que arrebatando cierto trayecto y volviéndose hacia ellos, acabaría por
derribarlos y quedaría así apartado de ese tugurio en que lo habían
puesto. Uriette no tenía más que
cuarenta años, un rostro curioso y una vista despectiva, a nadie podía mirar firmemente
a los ojos, según él: “la dualidad de
miradas echaba a la perdición el alma”.
“Nunca mis piernas habían tiritado de este modo”-dijo y prosiguió concluyendo-“¿Será mi edad? ¿O la
aproximación a la muerte?” Transpiraba y no hacía más que mojar el asfalto
extrañamente situado por debajo de sus piernas. Por momentos la especie de
vomito le reaparecía y quedaba tirado en el piso, pálido y temblequeando. En la
aguja del reloj se oía, del otro lado, el
“tic” y luego un desierto para esperar
el “tac”. El muro ahogaba, en la medida de su función, éste fraccionaba y al
quedar en partición dos espacios, el sujeto habitando uno de estos,
parsimoniosamente se absorbía. En terminologías más precisas el muro hace a la
nada de una existencia, por lo tanto todos los existentes le temen.
Uriette se contuvo por un minuto,
trató de ver su fisionomía con la insuficiente luz que proporcionaba la
cerradura de la puerta. Notó que su forma corporal era semejante a la de una
botella vacía. Sollozó y al sentir sus propios gemidos, un fuerte ardor se
disipó sobre su pecho. Intentaba masajearlo con sus manos para serenarlo, pero
era imposible. La dolencia interna estaba latente, netamente causada por lo
exterior. “Usted está sentenciado a muerte” le resonaba una y otra vez en su perturbación. Lo más aterrador no era la
situación del aquí, todo lo contrario, le desesperaba su destino. Saber lo que
sucedería con él.
Ocurría a la inversa,
estar sólo en vida y morir en conjunto. Unos eran ubicados en hilera, y luego ejecutados.
A David hacia dos días que lo habían fusilado. En situaciones inhumanas lo
sacaron, meado y cagado. A ninguno de ellos le interesaba el estado digno de
nadie, su fin era poner la bala sobre los cuerpos, en la parte más próxima que
se acierta la muerte. Uriette sin saber cómo se durmió, cerca de la seis de la
mañana una voz altanera lo despertó.
- ¿Uriette Rodriguez?-
-Sí-
-Acompáñenos-
Y forcejeando lo sacaron. Lo
trasladaron a un patio, en donde había más desafortunados como él. Inmediatamente
los pusieron en fila, algunos ya estaban, otros eran traídos. No hubo tiempo
para que nadie hablase y justificase su situación.
-Que pasen los que siguen-Dijo
el comandante después de que los súbditos disparasen y cuerpos sin vidas eran arrastrados
a una fosa del edificio.
Bernabé De Vinsenci.
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